jueves, 29 de enero de 2009

La vida te da sorpresas...

Siempre se habla de “¿por qué me adoptaron?” o “¿por qué adopté?”, pero nunca de “¿por qué me dieron en adopción?” o “¿por qué di a mi bebé en adopción?”. Creo que estas segundas preguntas son más difíciles de contestar, en especial el porqué me dieron en adopción. Son muy pocas las veces que una persona adoptada tiene contacto con su familia biológica o logra encontrarlos. En primer lugar, porque la Ley de adopción Argentina, es obsoleta y burocrática y no contempla ni las necesidades de la pareja ni del niño, entonces se tiende a realizar adopciones fuera del ámbito legal.
Sé que soy adoptada desde que tengo uso de razón. Recuerdo a mi Papá leyéndome “¿Por qué me adoptaron?” de Carole Levingstone, y a mi Mamá contarme que tenía la panza enfermita y por eso ayudó a una señora que no podía tenerme y me adoptó. A los 6 años comencé a decirles que no me podían retar o ponerme en penitencia, porque ellos no eran mis padres. Acto seguido, recuerdo a Susana, mi primer psicóloga, que, debo reconocer, hizo un excelente trabajo conmigo, ya que nunca jamás volví a decirle cosa semejante a mis viejos. A partir de algún momento de mi infancia, comencé a sentirme muy orgullosa y especial por ser adoptada. Sobre todo por el hecho de que a mi me buscaron y me quisieron realmente, aún antes de haber nacido y muchos hijos biológicos, aunque muy amados hoy, en su momento fueron un “accidente”. Hablaba de esto con cualquier persona y en cualquier lugar, hasta que rondando los 19 años, comencé a arrepentirme. Mis interlocutores siempre fueron personas de edad similar a la mía, que nunca comprendieron mi situación, al menos no realmente. De golpe y porrazo, me encontré con gente preguntándome: ¿Y si tenés otros hermanos?, ¿No querés conocer a tus “verdaderos” padres? (como si los míos fuesen falsos o de mentirita), etece. Incluso mi mejor amiga (en mi caso es una hermana, dado que si de sangre hablamos, ni siquiera mi hermano es mi hermano) no fue capaz de entenderme.
Fue en ese momento de mi vida, que necesité mi segunda psicóloga, Elena. Por supuesto que también me ayudó, pero rebelde la niña, quiso cambiar y así llegué a Eduardo. El problema no era aceptar que era adoptada, sino el no saber porqué me habían dado en adopción: ¿no me querían? ¿No me podían tener? ¿Eran muy chicos? ¿Fui producto de una violación? A partir de todos estos interrogantes, y uno en principal, (¿no me querían?) fue que comencé a pensar: “si mi madre biológica, que me tuvo 9 meses (7 en realidad) en su vientre, no fue capaz de quedarse conmigo, cuidarme y quererme ¿por qué tendría que hacerlo cualquier otra persona en este mundo?
Tardé 4 años en entender que si no buscaba a las personas que aportaron esperma y vientre respectivamente, nunca iba a aclarar esa duda.
Sinceramente, creo que jamás quise en realidad buscarlos. Una sola vez tomé la iniciativa y me comuniqué con personas que podían ayudarme en la Defensoría del Pueblo. Luego de varios contactos y llamados telefónicos, me aconsejaron hacerme un análisis de ADN. Debo decir que ese fue el detonante. Entendí que no me iba a hacer ningún análisis y que no lo necesitaba. En lugar de eso, me hice otro tatuaje (de la misma manera que me hice los anteriores: en períodos de grandes decisiones). Me tatué una cadena de ADN en el tobillo. Bastante simbólico ¿no?
Siempre dije que “alguien que no vivió determinada experiencia, no puede entenderla” y en el caso de la adopción siempre pensé lo mismo, hasta que hace un tiempito, cuando le conté todo esto a una persona que hacía tiempo no veía y le dije que tenía algunas dudas, me respondió: “¿Para qué querés buscar a personas que nunca conociste y de las que nunca supiste nada? Tus viejos son tus viejos, dejate de joder.” Fue la única persona (no adoptada) que me entendió en 27 años y se ganó mi amor (like FOR EVER! I will never ever forget you honey). Lo más gracioso es que era de quien menos lo esperaba. En fin, o en un principio, a veces, la vida te da sorpresas…

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