Las ansias de escribir me salen por todos y cada uno de mis poros. Sin embargo me siento enfrente de la PC y mi mente se transforma en un agujero blanco, donde no concurre una maldita idea. Es ahí cuando siento miedo. Miedo de no saber, miedo de no acordarme, miedo de haber dejado de ser quien era, miedo de no haber sido nunca quien alguna vez creí ser.
Ya lo veo venir, me subí a mi propia montaña rusa y rápidamente voy cuesta abajo en un loop alucinante en el que se me va la vida y la cordura. ¿Qué me sucede?
Escribir fue siempre mi escape; cada hoja en blanco se transformaba en aventuras, amores, viajes, la imaginación es ilimitada y no hay barreras ni puertas o ventanas que puedan detenerla. Tenía 12 años y empezaba a crecer mientras mi mente empezaba a escapar y mi imaginación a volar.
A medida que crecía, una idea se iba haciendo fuerte en mi, no sabía qué podía pasar, pero fuese lo que fuese, yo iba a ser escritora.
Admiradora del surrealismo, especialmente de Lorca, Buñuel y Dalí, decidí emprender un viaje, algo inesperado, organizado en 10 días, a Europa. Así descubrí Cadaqués. Y así también, descubrí mi amor por la música punk.
Si bien mi amor por este género musical había nacido en 1989 con la banda argentina Attaque 77, fue en Cadaqués donde se afianzó, cuando conocí a Jordi, saxofonista de la banda punk catalana Agua Bendita. Fue por mera casualidad que me topé con él, o quizás él se topó conmigo; ya no recuerdo. Este chaval de rulos alocados me abrió las puertas y ventanas a un mundo completamente desconocido y mi imaginación ya no me perteneció.
Tenía que escribir, contarle al mundo sobre esta música que despertaba todos y cada uno de mis sentidos, que hacía que mi corazón latiera más fuerte y mi alma se sintiera viva por primera vez en esta vida.
Con la madurez y los años, aprendí que si el punk ayudó a cerrar determinadas heridas de mi adolescencia, la música en general me iba a salvar la vida.
Amo los sonidos, las notas musicales, cerrar los ojos e imaginar video clips, tocar instrumentos imaginarios… Simplemente soñar, vivir cada acto musical como si fuese parte de él.
Soñar… Imaginar… Volar… Caer… Despertar…
Respiro hondo, una, dos, tres y hasta cuatro veces. Las lágrimas salen disparadas sin pedir permiso y de a poco voy liberando la angustia.
Una vez más maldigo a mi cabeza, a mi mente. Maldigo a mi ansiedad, a mis sentidos. Una vez más me miro en el espejo y no me reconozco. Me busco en esa imagen y no me encuentro. No soy yo.
Entonces me pregunto, ¿quién soy? ¿Dónde me escondo?
Pero mi mente se dispersó y no recuerda, volvió a subirse una vez más a la montaña rusa y ya está imaginando.
En fin, o en un principio, ya siento el vértigo. Voy subiendo, despacio, con calma, sabiendo que en cuestión de segundos, minutos, días, voy a caer nuevamente y solamente de mi, dependerá despertarme...
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