Estoy inquieta, a pesar de sentir que esquivé la piedra antes de tropezar con ella, a pesar de saber que por primera vez, evité cometer el mismo error nuevamente.
Una cara distinta, el mismo perfil y la misma locura. La risa y el prejuicio juntos en un mismo envase.
Y yo cual idiota, intentando forjar un sentimiento a través de los ojos.
El espejo y el psicólogo me dicen que quizás esté madurando, que probablemente de esto se trate aprender a volar, pero en mi seguridad incierta no puedo ver el cambio.
Aún sabiendo que evité un mal mayor, no puedo más que sentirme apenada por lo que pudo llegar a ser, y ya nunca será.
Espantosa dualidad que habita en mi ser desde mi más tierna infancia, dualidad que me lleva a decir lo que no pienso, y a pensar lo que no digo.
Soy una y sin embargo soy dos. Equilibrada y sensata por fuera, visceral e impulsiva por dentro. Mi vida no es más que un manojo de antojos que terminan tan furtivamente como comenzaron, y se suceden uno tras otro, sin dejarme tiempo para el dolor.
En esta espantosa soledad que convive conmigo hoy, puedo reflexionar y verme tal cual soy. Bipolar para algunos, loca para otros, viviendo siempre al límite de la sensatez y la locura.
En fin, o en un principio, un ángel que descendió al infierno e intenta desesperadamente desplegar las alas para poder elevarse una vez más.
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