Sin embargo no es tristeza lo que siento hoy. A decir verdad, es una sensación indefinible, de esas que te sacuden muy pocas veces en la vida y hacen oscilar tu existencia entre los sueños y lo real. El cóctel con las medidas justas de felicidad y miedo. Una felicidad indescriptible, surgida de nuevas ilusiones al descubrir que nunca es tarde para soñar, y el miedo en su propia esencia, propio de lo nuevo, lo desconocido, de saber con certeza que esa misma felicidad puede llegar a terminar.
Mi instinto de preservación se encuentra alerta, expectante, recordándome a cada paso que no hay vuelta atrás.
Durante mucho tiempo me negué a aceptar mi realidad, a reconocer mis necesidades.
Ya es hora de quererme un poco más, de recordar por enésima vez que sin mi no puedo vivir, pero que tampoco es vida una existencia solitaria.
En fin, o en un principio, acá estoy, esperándote. Dispuesta a entregarte mi alma para que la cuides y la ayudes a crecer. No puedo prometerte la felicidad eterna, pero si estar a tu lado siempre que me necesites. El resto, el tiempo lo dirá.
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